
Una violencia estructural
El pasado mes de mayo presentamos los hallazgos preliminares de nuestra observación sobre violencia basada en género facilitada por las tecnologías contra mujeres en política durante las elecciones al Congreso. Los resultados señalaron una violencia normalizada en contextos electorales: el debate se desplazaba hacia la sexualización, la deshumanización y la estigmatización moral de las candidatas.
Este segundo informe analiza las mismas manifestaciones durante la primera vuelta presidencial, con una ventana de observación del 10 de marzo al 16 de mayo de 2026. El corpus combina la observación de las cuentas de los candidatos con mayor intención de voto y sus fórmulas vicepresidenciales: 18.913 comentarios en YouTube y 38.329 réplicas en X.
Lo que encontramos confirma y profundiza lo del primer corte: esta violencia no es ruido marginal ni un efecto secundario de la polarización sino un mecanismo sistemático de disciplinamiento.
Más allá de la violencia política: la capa misógina adicional
Hombres y mujeres que participaron en la campaña presidencial recibieron una agresión política comparable (7,73% frente a 7,76%). Pero las mujeres recibieron además una capa misógina específica que sus pares no enfrentaron. La tasa de sexualización contra mujeres casi duplica la que enfrentan los hombres, y la descalificación por apariencia y el estereotipo de género son fenómenos casi exclusivos contra ellas. Mientras los hombres son atacados por su filiación política o su desempeño, las mujeres son atacadas simultáneamente por su cuerpo, su apariencia y su vida privada. En el escenario presidencial, con mayor visibilidad y mediatización, estos repertorios se intensifican y se articulan con dinámicas de polarización más agudas.
Redes de amplificación en plataformas como X
Del total de 38.329 réplicas recolectadas en X, el 98,4% son textos duplicados: solo 630 son únicos. Cinco textos se replicaron entre 1.149 y 1.318 veces de forma idéntica, emitidos desde decenas de cuentas con cuotas casi exactas. Esa regularidad —textos idénticos, cuotas idénticas, simultaneidad— es la firma de una operación coordinada de amplificación y no una muestra de opinión ciudadana espontánea.
El hallazgo coincide con lo documentado por investigaciones periodísticas del ciclo 2026: la violencia contra las candidatas se amplifica a través de cuentas de propaganda política, perfiles que disfrazan la agresión con humor y cuentas desinformadoras especializadas en ataques sexualizados. La consecuencia es doble: las métricas agregadas de X deben leerse como volumen de amplificación, no como sentimiento ciudadano; y la coordinación es en sí misma una forma de violencia.
Triple carga, una sola candidata
El caso de Aida Quilcué ilustra cómo la violencia se vuelve más densa cuando se cruzan múltiples identidades. Como mujer indígena y fórmula vicepresidencial del Pacto Histórico, los ataques que recibió operaron en tres capas simultáneas: racismo anti-indígena que criminaliza su trayectoria en las mingas y convierte su vínculo con el Cauca en un estigma político; violencia de género que niega su autonomía y la presenta como figura instrumentalizada por Iván Cepeda, sin proyecto ni agencia propios; y oposición ideológica que la asocia con comunismo, guerrilla y amenaza al orden nacional. Estas tres capas no operan por separado: se refuerzan mutuamente y producen una forma de violencia que los métodos automatizados difícilmente capturan, porque no se expresa en insultos directos sino en códigos culturales, asociaciones históricas y tropos racistas.
¿Qué significan estos hallazgos?
Colombia acaba de atravesar un ciclo electoral completo. La participación política de las mujeres sigue siendo estructuralmente desigual, y la violencia digital es uno de los mecanismos que la sostiene: disciplina, silencia y expulsa a las mujeres del espacio público y de los cargos de decisión. Este es un problema estructural de la democracia colombiana.
Lo que circula en redes durante la contienda electoral no puede normalizarse como parte inevitable del debate democrático. Cuando el intercambio político se desplaza hacia la sexualización, la deshumanización o la estigmatización moral, no estamos ante diferencias de opinión: estamos ante violencia basada en género facilitada por las tecnologías contra las mujeres en política. Nombrar estas prácticas como violencia no desincentiva el debate, establece un límite claro frente a lo que erosiona derechos y debilita una participación política justa.
¿Qué sigue con MonitorA Colombia?
MonitorA Colombia es un observatorio de métodos mixtos para el seguimiento, análisis y reporte público de este fenómeno en el contexto electoral colombiano. Es un proyecto de Fundación Karisma con el apoyo de InternetLab, AzMina y Núcleo, realizado por DisorLab de la Universidad del Rosario.
En los próximos meses publicaremos un análisis de la Ley 2453 de 2025, que establece medidas para prevenir, atender y sancionar la violencia contra las mujeres en política: sus obligaciones, sus vacíos, las normas relacionadas y un balance de su implementación a partir de derechos de petición y reuniones con actores clave.
Conoce el informe completo aquí:
