
2025: un año de nuevas estrategias.
El 2025 empezó con una suspensión. En los primeros días del año, decisiones políticas tomadas fuera de Colombia como la congelación de la ayuda exterior estadounidense o el desplazamiento del gasto europeo hacia defensa pusieron a buena parte de la sociedad civil organizada frente a una pregunta inmediata: cómo seguir. Karisma no fue la excepción. En marzo reorganizamos el equipo, revisamos proyectos y asumimos que el modelo de financiación con el que habíamos trabajado durante años ya no estaba disponible en los mismos términos. Este informe se escribe desde ahí.
Decirlo importa porque el sector tiende a dos extremos: describir la crisis como una catástrofe paralizante o minimizarla con lenguaje de resiliencia. Ninguno de los dos ayuda a rendir cuentas. La crisis es real, exigió decisiones difíciles y dejó marcas en el equipo y en el ritmo del trabajo. También es cierto que Karisma logró sostener sus líneas centrales, diversificar fuentes y cerrar el año con el trabajo programático en marcha. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo.
Mientras tanto, la idea de que en la tecnología digital está la solución a problemas sociales complejos siguió siendo la perspectiva dominante en casi todos los sectores. En un extremo, tecnologías que “ya están acá” y se presentan como inevitables, como la IA, y la adquisición de sistemas costosos sin objetivos claros: la apuesta implícita es que aceptando un futuro en el que no hemos participado, y comprando tecnologías que no entendemos, vamos a dar un salto adelante en una línea de desarrollo que, por lo demás, no existe. En el otro extremo, el impulso de señalar a la tecnología digital como la causa de todos los males y regularla de formas que no resuelven los problemas reales que las originan, pero sí construyen el andamiaje de sistemas de vigilancia abusiva que seguro lamentaremos en el futuro. En medio de esos dos extremos están los problemas reales y una visión más balanceada del rol de la tecnología. Ese es el terreno que nos interesa.
Considerando ese contexto, el 2025 cerró con una decisión institucional: dedicar el siguiente año a diseñar una estrategia que dé cuenta de la historia de la organización, de sus capacidades únicas y de la red de organizaciones y comunidades con las que podemos aliarnos para potenciar el trabajo. En un mundo en el que lo digital ya no describe ninguna especialidad porque, en algún punto, cualquier proceso de nuestras vidas se convierte en datos, se transmite por redes o queda en una base de datos, necesitamos un marco que nos enfoque donde podemos ser más efectivas y relevantes. Ese diseño es parte central de la tarea de 2026.
Ese trabajo de mediano plazo se apoya en las decisiones que tomamos durante el año. En 2025 priorizamos los frentes en los que nuestra combinación de conocimiento técnico y jurídico tiene un aporte específico, y ajustamos los demás. Sostuvimos investigaciones que incomodan —identificación, vigilancia, violencias digitales— porque ese es el trabajo. Nombramos con precisión, como hemos hecho antes, a los actores responsables: Congreso, Ejecutivo, plataformas, empresas. La crisis no cambió eso.
Nuestro compromiso para 2026 no es prometer resultados que no dependen solo de nosotras. Es sostener el criterio: seguir revisando las iniciativas de tecnología desde la pregunta por los derechos humanos y la justicia social, sin ceder a la tentación de suavizar posiciones para asegurar recursos, sin renunciar a nombrar lo que hay que nombrar, y buscando formas de trabajo que nos permitan hacerlo con la estructura que tenemos hoy. En estas dos décadas aprendimos que los cambios —personales, comunitarios y de políticas públicas— requieren tiempo y constancia. Ese sigue siendo el oficio.
Catalina Moreno Arocha
Juan Diego Castañeda
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